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En este texto de su autoría, la presentadora de televisión explica el porqué de su cariño por los animales y aboga por leyes que prohíban y castiguen el maltrato de las fieras María Celeste Arrarás,

Especial para La Opinión Domingo, 10 de febrero de 2002

Confieso que de pequeña fui a circos con animales. Recuerdo el gran susto que pasé cuando en uno de esos espectáculos que se presentaba en Puerto Rico, un caimán que formaba parte del acto se salió de control y casi aterriza sobre mi amiga Lely. Ella quedó curada de espanto, pero jamás volvió al circo.

Yo sí. Mis papás me seguían llevando porque pensaban que disfrutaba viendo a los animales, pero realmente a mí los que me gustaban eran los trapecistas. Recuerdo al gran Karl Wallenda, que poco tiempo después se mató, casualmente en San Juan, cuando caminaba por la cuerda floja entre dos edificios y una ventolera le hizo perder el equilibrio.

De los animales del circo no quedó nada en mi memoria. Las únicas fieras que me impresionaron de por vida son las que vi en los documentales que pasaban por televisión, producidos por National Geographic, y las del mundo marino del gran Jacques Cousteau.

¡Ah! También recuerdo a Gloria, un ocelote hembra que alguien abandonó en una jaula frente a mi casa, seguramente porque sabía que mi familia rescataba a todos los animales del vecindario y prácticamente teníamos un zoológico.

Gloria venía acompañada de una nota sin firmar que decía: "Es bruta y no sirve para el circo. Además, se come un pollo diario. No puedo mantenerla". Estaba desnutrida y tenía en su cuerpo señales de abuso. Esa noche no se comió uno, sino dos pollos enteros. Y aunque era salvaje y no se dejaba tocar, mi mamá le tomó tanto cariño, que jamás volvió a llevarnos al circo en protesta simbólica contra quienes habían maltratado tanto a Gloria.

Hoy, yo tampoco llevo a mis niños a circos con animales. Pero no es sólo por respeto a la memoria de Gloria o por temor a que un caimán les salte encima. También lo hago porque es mucho lo que he aprendido sobre el terrible maltrato de animales que tiene lugar en esa industria y, sencillamente, porque me es imposible hacer la vista gorda sobre ello.

AGONIA

Recientemente vi un documental sobre la agonía de las "estrellas" de circo. Agonía que comienza desde el momento en que el animal es capturado en un lejano país.

Observé cómo un elefante amarrado por sus captores en Africa del Sur era golpeado con palos a los que le habían colocado clavos en la punta. En su intento por doblegar al animal, le incrustaban el garrote una y otra vez por todo el cuerpo, especialmente en la trompa, porque es una de sus partes más sensibles.

Normalmente, los elefantes pasan varios días recibiendo palizas similares, sin acceso a agua ni comida, hasta que dejan de tener voluntad propia y se convierten en perfectos candidatos para el circo.

Cuando llegan a manos del domador, la tortura continúa. La única forma de lograr que un animal salvaje lleve a cabo un espectáculo es mediante la intimidación. Ningún tigre va a saltar voluntariamente por un arco en llamas cuando cada fibra de su ser le advierte que ésa es una situación de extremo peligro. La única razón por la cual lo hace es porque le tiene más miedo al castigo que va a recibir si no lo hace que a la posibilidad de quemarse.

Como portavoz de PETA (People for the Ethical Treatment of Animals), la organización defensora de los animales más grande del mundo, me tocó ver unos videos terribles que fueron grabados con cámaras escondidas durante el "entrenamiento" de diferentes animales, y casi me muero. Durante una de las "lecciones", el domador y cuatro ayudantes aplicaron choques eléctricos a un elefante encadenado durante 12 horas, hasta que el animal, completamente exhausto, aprendió a saludar levantando la trompa.

Aun cuando la sesión de golpes termina, la vida de los animales de circo sigue siendo cruel e injusta porque pasan la mayor parte del tiempo viajando. Las jaulas de los felinos y osos apenas tienen espacio suficiente para ejecutar los más mínimos movimientos. Sólo pueden pararse, acostarse o voltearse en ellas.

Cuando no están actuando, los elefantes permanecen en vagones de tren o en camiones. En muchos países los ponen en cuarentena y frecuentemente se ven obligados a pasar meses enteros expuestos a un clima brutal para ellos. El más reciente ejemplo es el caso de los siete osos polares que el año pasado llegaron a Puerto Rico con un circo mexicano. Los mantuvieron a la intemperie durante meses, teniendo que soportar temperaturas de hasta 113 grados Fahrenheit.

Por la televisión pasaron imágenes de los osos al borde de un colapso, encerrados en sus diminutas jaulas, bajo el implacable sol del Caribe. Era un castigo salvaje para animales que en el Artico acostumbran a nadar un promedio de 60 millas diarias y recorren miles de millas al año sobre el hielo.

FALTA DE LEYES

A pesar de que el circo mexicano que llevó los osos polares a Puerto Rico cuenta con un largo historial de maltrato, las autoridades en diferentes países siguen permitiendo sus presentaciones, porque no hay leyes fuertes para proteger a los animales. Ni la condena internacional, ni el juicio por abuso y negligencia que ahora enfrentan en la isla les ha servido de escarmiento.

En la actualidad, los osos polares están en peor estado. Recientemente, un investigador de PETA logró tomarles fotos, y es evidente que han sufrido un acelerado deterioro. En las instantáneas aparece uno de ellos con un chichón en la cabeza del tamaño de una ciruela. Otro padece de un doloroso tipo de sarna. Todos han perdido tanta masa corporal a causa del intenso calor, que se han visto reducidos a un manojo de huesos y pellejo. Lo que es peor, su comportamiento se está tornando agresivo. Hay evidencia de que se están atacando unos a otros, síntoma de que el deterioro no es sólo físico. Así que, si no mueren antes, es posible que acaben matándose entre sí.

A los empresarios de circos y eventos que utilizan animales no les interesa su bienestar, sino explotarlos para ganar dinero. Si se mueren, siempre pueden comprar otros con las ganancias recibidas. De hecho, en algunos casos sale más barato dejarlos morir que pagar los costos de un veterinario especializado en animales salvajes. Ante todo, un circo es un negocio.

Una de las anécdotas más elocuentes sobre la dimensión y trivialidad del abuso en los circos es la que relata el congresista norteamericano Chris Muse, del estado de Maine, a quien conozco personalmente.

Por esas cosas de la vida él tuvo acceso a un área prohibida para el público bajo la carpa de un circo, y vio cómo varios elefantes atados al piso por las cuatro patas eran literalmente quemados con sopletes.

Cuando preguntó, horrorizado, por qué castigaban a los animales de semejante forma, le explicaron que no se trataba de un castigo. Los estaban "afeitando" con fuego, porque el pelo casi alámbrico de los elefantes le rompía las medias de nilón a las chicas que se montaban sobre ellos durante el espectáculo.

Muchos pensarían que, por su apariencia tosca, la piel de los elefantes es dura y resistente. Sin embargo, en realidad su piel tiene casi el mismo espesor que la humana, lo que explica los chillidos de agonía de los elefantes que el congresista escuchó durante su terrible experiencia.

EDUCATIVA

Uno de los argumentos que frecuentemente utilizan las personas que lucran con animales en los circos es que a los niños les gusta verlos de cerca y que la experiencia resulta "educativa".

Como madre de tres pequeños, estoy consciente de que los niños aman a los animales. Por eso garantizo que de conocer lo que pasa a puertas cerradas en los circos, ellos serían los primeros en rogarle a sus padres que no patrocinaran ese abuso.

He tenido el privilegio de viajar a Africa y ningún animal se comporta en el circo, ni remotamente, como lo hace en su hábitat natural. Considero un engaño hacerle ver a los pequeños, por ejemplo, que un oso disfruta corriendo en bicicleta. Además, durante esos actos se les envía un peligroso mensaje subliminal a los chicos. Si se fijan, durante la presentación el domador nunca suelta su látigo y muchas veces lo utiliza para recordarle al animal que haga ante el público lo que aprendió a base de golpes a puerta cerrada. Personalmente, no quiero que mis hijos piensen que la violencia es el vehículo para lograr sus objetivos.

No sólo hay problemas éticos con el uso de animales con fines de entretenimiento. También es de conocimiento público que al vivir bajo estrés, a menudo los animales se comportan violentamente y pueden atacar. Las estadísticas no mienten. Cientos de personas han muerto en todo el mundo víctimas de elefantes y felinos en cautiverio.

Un video que recorrió el mundo fue el de un elefante que, tras una función de circo en Hawaii, enloqueció y mató a pisotones a su entrenador. En su intento por detenerlo, la policía de Honolulu optó por dispararle con rifles de alto calibre. Para matarlo hicieron falta 87 balazos. Fue una muerte lenta y espantosa para un animal que reaccionó de esa forma salvaje tras una vida de sufrimiento en el circo.

Hace apenas unos días, el gobernador de Río de Janeiro, en Brasil, aprobó una ley que prohíbe la entrada de circos con animales. La medida fue implementada tras descubrirse, entre otras cosas, que los dueños de un circo compraban mascotas para echárselas vivas a los leones y que otro sencillamente no alimentaba a sus fieras.

Durante una función en territorio carioca, un león devoró a un niño de 6 años. Cuando le practicaron la autopsia al animal, se determinó que no había comido en varios días. Ahora, los ciudadanos de Río de Janeiro esperan con entusiasmo la visita de circos que no incluyan animales como parte de sus espectáculos, una tendencia que cada día cobra más auge alrededor del mundo.

En otras palabras, hay muchas opciones para que las familias se diviertan, sin tener que hacerlo a costa del sufrimiento de los animales.

Además de mi trabajo en la televisión, cada día le dedico varias horas a esta campaña de concientización. Lo hago porque considero injusto que la existencia de un animal se convierta en una pesadilla sólo para que los dueños de un circo se enriquezcan.

Es inmoral que el ser humano someta a seres vivientes a situaciones de continua crueldad sólo para que el animal lo entretenga durante algunos minutos. No hay que olvidar que cuando acaba la función y todos se van a su casa, esa estrella de circo regresa a la triste realidad de su diminuta jaula.